viernes, 3 de enero de 2020


BIOGRAFÍAS PORTÁTILES  (26): MUEVE
Biografías Portátiles (26): MUEVE se trata del desempeño del Movimiento Universitario Evangélico Venezolano en la Valencia de Venezuela. JCDN.
A Ismael Noé y Pedro Téllez



MUEVE o el Movimiento Universitario Evangélico Venezolano, estuvo integrado por una llamativa y estupenda generación de universitarios carabobeños entre las décadas del 60 y el 80 en la ciudad de Valencia. Estudiantes y docentes de la Universidad de Carabobo como el Doctor Víctor Cuadra, el historiador José Francisco Jiménez, José Sada, Aristóbulo Chirivella, Edmundo Lasdinz, Roco Nocella, Pepe Perdomo, Enrique “Quique” García Grooscors, Ismael Noé y el gordo Martín, hicieron sentir la voz plural, ecuménica y unitaria de la organización en los tiempos posteriores al Mayo Francés de 1968.



Oriundo de otra organización universitaria por desgracia fundamentalista, el Grupo Alfa y Omega del acaramelado capitalista Bill Bright, los conocí en los inicios de mis estudios de Educación en la UC. Al punto de migrar al MUEVE, pues me cautivó su inquietud intelectual y fortaleza crítica enclavadas en un cristianismo verdadero de catacumbas: Esto es una propuesta comunitaria distante de las Iglesias como aparatos ideológicos del Estado.
No se trataba de la evangelización compulsiva por vía del ardid publicitario e ideológico de “Las cuatro leyes espirituales”, ello en procura apresurada de nuevos clientes religiosos, sino la realización de la comunidad en Cristo en el teatro de operaciones de un mundo muy complicado. Hablar de Cristo no es una operación mercantil-confesional, sino diálogo abierto sobre el cristianismo como modo de vida no desvinculado de la actuación histórica y social. Nuestras referencias tutelares, en el buen sentido del término, son aún un Cristo vivo no idealizado ni ideologizado –claro está-, Martin Luther King, Gandhi y el teólogo alemán Dietrich Bonhöeffer martirizado por los nazis.
Nos alimentábamos también de la revista y los libros publicados por la Editorial argentina Certeza: Especialmente accedimos a Samuel Escobar, René Padilla, C.S. Lewis y John Stott, autores teológicos que apostaban por una Teología de la Liberación desde el protestantismo.
Era una referencia el Mural de MUEVE en el Rectorado de la Universidad de Carabobo. Ilustraba a la ciudad con figuras y versículos bíblicos extraídos de versiones populares muy accesibles al pueblo latinoamericano. Evidenciando, eso sí, un tenor profético de denuncia política, religiosa y social. Precisamente, el MUEVE se escindió en dos bandos debido a una imagen del Mural que hacía referencia al tricolor de la golpista bandera liberadora de Venezuela 1992: Los fundamentalistas evangélicos, liderados por Víctor Cuadra y Edmundo Lasdinz; y los ecuménicos socialistas entre los que destacaron José Francisco Jiménez, Quique García Grooscors e Ismael Noé. Por supuesto, dada mi formación anarco-teísta, apunté por el segundo grupo “rojo”, valga la alusión a la Segunda República Española escarnecida por falangistas y estalinistas.
El muralismo muevista no sólo se expresó en el Rectorado, sino también en el centro de Valencia (donde por fortuna todavía está su mural) y diversos espacios de Bárbula, al que los poderes fácticos mientan Campus Bárbula en una alienada nomenclatura de Centro Comercial con Club Dubi-Dubi en el sótano a manera de night club decadente.



Los volantes de MUEVE, en esténcil o fotocopias, no eran simples slogans pseudo-religiosos de ocasión, sino documentos de una cuartilla que tocaban temas como el desmadre y envilecimiento del sector universitario, la represión policial, una lectura dinámica del ministerio de Cristo más allá de la Semana Zángana, el ecologismo y la proliferación de sectas extranjerizantes.
Nuestro ministerio universitario enfrentó a los poderes fácticos dentro de la UC. Por ejemplo, al Procónsul cultural Don José Napoleón Oropeza quien pretendía arrebatarnos el cubículo ubicado al lado de la no muy santa ni pro-estudiantil Federación de Centros Universitarios. En las primeras de cambio nos impusimos, sólo que años después, el nefasto Gobernador Henrique Salas Römer Padre ordenó un brutal allanamiento de la universidad que confiscó los cubículos a los grupos políticos, religiosos y culturales alternativos.
La Historia nos dio la razón, no sólo en lo tocante al daño que El Comisario estalinista Oropeza propinó años después a la cultura de la ciudad, ello por vía de la corrupción, la exclusión y la ideologización esteticista y falangista en el Ateneo de Valencia; sino también en lo concerniente al apiñar en el partido ORA de Godofredo Marín una clientela evangélica exclusiva (antecedente del vasallaje ciego y fundamentalista que votó por Javier Bertucci en Venezuela y por Jair Borsolano en Brasil). La lucha por restituir la justicia y una sociedad mejor, no sólo debe ser ecuménica sino también plural, universal y progresista.
Pude participar en dos jornadas de protesta memorables: El desmontaje del hipócrita festejo relativo al Bicentenario del Natalicio de Simón Bolívar (Casa de la Estrella, centro de Valencia, 1983) y la denuncia de los crímenes policiales en el caso del estudiante ucevista asesinado Ismael Humberto Bolívar Ríos (1984). Respecto al primer grito libertario, todavía –que yo sepa- ningún Congreso ni ninguna Asamblea Nacional ha derogado la infamia de la Casa de la Estrella, 1830, que proscribió y expulsó a Bolívar del país liquidando a la Gran Colombia. El segundo, nos trajo consigo a José Francisco Jiménez, Edmundo Lasdinz y mi persona un breve presidio con ruleteo añadido del tristemente célebre Cuartel policial de la Navas Spínola a la DISIP de la Urbanización La Alegría.
Lamentablemente, el vacío generacional y la intolerancia del sector evangélico fundamentalista de Cuadra y Lasdinz fueron los catalizadores de la descomposición y desmembramiento del MUEVE-Valencia. Sin embargo, en ese grupo aprendí el significado solidario del término “conciencia de clase”, no sólo a través de la Biblia, los volantes y murales del Grupo sino en la acción evangélica a campo traviesa: Cuando me secuestró la DIVINTEL en el Rectorado, con motivo de una protesta contra los crímenes policiales, el flaco Ismael se guindó del carro postizo de los polizontes para rescatarme en una arriesgada y poética maniobra. Como dicen los jesuitas, para la mayor Gloria de Dios.
José Carlos De Nóbrega / Ciudad Valencia

jueves, 2 de enero de 2020


BONHÖEFFER: VIDA EN COMUNIDAD
José Carlos De Nóbrega



Vida en Comunidad (1979) es un libro breve que colinda con la Teología de la Liberación, pese a que no hay un tratamiento directo del tema político como en Resistencia y Sumisión, otro de sus títulos póstumos. En este caso, tenemos un brillante ensayo teológico sobre la comunidad cristiana que excede el formalismo religioso, ello para ratificar su condición de modo de vida colectivo en Cristo.
Aborda con sencillez discursiva y claridad argumental-bíblica la cotidianidad, los rituales y la esencia de la comunidad cristiana enclavada en el calor de la vida en el mundo. Los cristianos, convocados por Dios en la Iglesia, viven en la vorágine o Pandemonium del entorno histórico-social que les toca vivir. Por lo que la comunidad en Cristo no está bajo una cúpula segregacionista de cristal.
 La comunidad cristiana que es la Iglesia, ha de constituir un estado de gracia, no una institución burocrática, ni autoritaria, mucho menos clasista. El tema preocupó a Dietrich Bonhoeffer, no sólo en lo teológico sino en lo vivencial, pues recordemos que además de la prisión y la ejecución sumaria, los nazis lo separaron ilegal e ilegítimamente de la comunidad evangélica que él dirigía en Alemania.
El principio rector de la vida en la iglesia cristiana es éste: “comunidad cristiana significa comunidad en y por Jesucristo”. Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres. De lo contrario, la Iglesia ejercería un poder opresor desencaminado y reñido con el evangelio de liberación.
Una categoría que nos sacudió el entendimiento y nuestra experiencia de fe en Cristo, fue el de las “ensoñaciones piadosas”, enclavadas en un egocéntrico e insufrible ‘deber ser’ que esclaviza al pecador a un anti-bíblico código moralista. Estos esperpentos psíquicos y –por qué no- ideológicos, no son más que el fundamento pernicioso, funcionarista y elitesco de un discurso intolerante y explotador del Poder.
En la vida en comunidad cristiana ha de prevalecer lo espiritual a contracorriente de lo psíquico (paranoia, neurosis y megalomanía desde arriba) y el Poder vertical que apoca al prójimo pecador y más vulnerable. En este sentido, Bonhoeffer es categórico: “Dios no creó a mi prójimo como yo lo hubiera creado. No me lo dio como un hermano a quien dominar, sino para que, a través de él, pueda encontrar al Señor que le creó”.
Importa, en esa atmósfera liberadora, vivir intensamente el día a día en la comunidad cristiana: Desde el alba hasta la noche, reconozcamos la mayordomía o, mejor aún, el amoroso comando, de Jesucristo en nosotros. Por ejemplo, compartir el Pan –la eucaristía- es un acto comunitario y libertario en Cristo por excelencia.
El silencio que conlleva la meditación, referido a la experiencia cristiana de cada quien, no desdice a la comunidad en Cristo. Por el contrario, el diálogo individual con Dios se complementa con el compartir y la conversación con mis hermanos de fe.
La intercesión, orar por el Otro presentándolo a Cristo, es un acto de Amor y Liberación que repercute naturalmente en el entorno histórico-social. La oración no es un pliego de peticiones compulsivo, sino entraña una poética del Decir concreto e inmediato que transforme al mundo.
Servir al Otro, dentro y fuera de la Iglesia auténtica, constituye otro de los principios rectores de la vida en comunidad, el cual se opone a un sistema jerárquico religioso que la reseque. El servicio comunitario cristiano supone el desmontaje de los discursos y prácticas del Poder malsano.
El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho: No juzgar para atizar e inducir la culpabilidad del Otro. Se propone la confraternidad participativa de “débiles” y “fuertes”. Lo cual involucra a la Iglesia y al mundo que la constriñe.
He aquí una pregunta clave que nos formula nuestro teólogo: “¿cómo, finalmente, podría ser liberadora y salvadora (la comunidad en Cristo), si en lugar de proceder de la caridad que lo soporta todo, procede de la impaciencia y del espíritu de dominio?” Esta es una materia pendiente no sólo de la jerarquías religiosas (¿qué decir del Episcopado venezolano?), sino de una clase política indolente, corrupta y cómplice que apuesta por la destrucción de una nación a su favor. Claro está, el pueblo –religioso o no- tiene este estímulo para reformular la lucha por su liberación y, por ende, la recuperación de la República de nuestros fundadores.


BONHÖEFFER: YO HE AMADO A ESTE PUEBLO
José Carlos De Nóbrega

En esta selección breve de textos variopintos, prologada por Hans Rothfels, nos topamos con una de las preocupaciones temáticas fundamentales del pensamiento de Dietrich Bonhoeffer (Breslavia, Imperio alemán, 4/2/1906-Campo de concentración de Flossenbürg, Alemania, 9/4/1945): El cristianismo como modo responsable de vida que se debate entre resistencia y sumisión –valga la alusión al libro homónimo publicado por Sígueme en 1979-. Sean la rebelión o la obediencia servil de la comunidad cristiana hacia adentro o hacia el entorno político-social.
Los seis escritos fueron tomados de la obra póstuma del teólogo alemán al cuidado de su amigo y promotor Eberhard Bethge. Son “Cartas a un hombre joven”, “Después de diez años”, “La confesión de culpa”, “Bosquejo inconcluso del año 1942, en ocasión de renunciar a una cátedra luego de una subversión”, “De un fragmento de drama” y el poema “Voces nocturnas”.
No obstante, la diversidad de géneros de escritura, el conjunto se refiere al período previo y posterior a su detención. Bonhoeffer fue confinado como preso político en abril de 1943, siendo ejecutado dos años más tarde. Por ejemplo, “Después de diez años” es un documento crítico contundente en contra del nazismo (1932-1942). La panorámica poco agorera de una Alemania poderosa, ilusoria y expansionista no se queda en el papel, sino que del diagnóstico se desprende la asunción del coraje cívico como solución inmediata.
La resistencia, pues, posee una profunda esencia cristológica: “Cristo eludió el sufrimiento hasta que hubiera llegado su hora; mas entonces fue a su encuentro en libertad; se posesionó de él y lo venció”. El sacrificio apuesta, en este contexto opresor, por la reconstrucción de una República viva, tolerante y progresista.
“La confesión de culpa” (1942) es el grito expresionista y profético que arremete contra los vicios de la Iglesia cristiana alemana y su tibieza, por demás injustificable, ante el totalitarismo de Hitler y su Cofradía suicida. Nos remite, por supuesto, al Apocalipsis de San Juan, excediendo la paráfrasis lo textual: “Debido a su propio enmudecimiento, la iglesia se hizo culpable de la pérdida de acción responsable, de la falta de valentía que se necesita para ser solidario y dispuesto a ayudar, para sufrir por lo que se ha reconocido como lo verdadero”. El desmadre republicano se correspondía con la inútil edificación de un Imperio, el III Reich.
El poema de cierre, “Voces nocturnas”, ambientado en la sórdida y mala prisión, oscila entre la angustia depresiva en el Huerto de los Olivos y la esperanza victoriosa del Cristo crucificado. No hallamos reconvenciones piadosas ni quejas moralistas. Priva la transfiguración en un nuevo cuerpo –esta vez poético- que antecede la Parusía desbaratadora de las clases sociales, las guerras entre ricos y pobres y el pecado estructural y configurador del status quo.
La culpabilidad que amarra de pies y manos a la feligresía, por obra y gracia de una impía mediación sacerdotal, es despojada de su piadosa máscara alienante: “¡Sólo la culpa es tenebrosa!”.
La historia no la escriben los vencedores que promueven la explotación de las mayorías en un marco de injusticia. Es la comunidad ecuménica en lo religioso, lo filosófico y lo político, la que ha de ejercer una historiografía a contracorriente: “Separa un pobre ayer de un hoy pobre”. 
El colofón no da pie a la resignación ni el conformismo ante el paredón o la horca. Por el contrario, destila el brillo indiscutible de las grandes causas humanísticas con su martirologio obstinado en el Amor:
“Extendido sobre mi catre,
Con la mirada absorta en la pared gris.
Afuera una mañana de estío que aún no es nuestra,
Invade la campiña con su resplandor.
Hermano, hasta que al final de la larga noche
Amanezca nuestro día,
¡Resistamos!”

Este llamado de Dietrich Bonhoeffer nos sigue sacudiendo Hoy en pos de la liberación como proceso permanente de redención personal y colectiva.


DIETRICH BONHÖEFFER, UN TEÓLOGO DE LA LIBERACIÓN
José Carlos De Nóbrega

Si bien Dietrich Bonhoeffer (Breslavia, Imperio alemán, 4/2/1906-Campo de concentración de Flossenbürg, Alemania, 9/4/1945) no es un teólogo de la liberación como los latinoamericanos Gutiérrez, Boff y Freire, pudiéramos considerarlo uno de sus antecedentes notables, no sólo por haber enfrentado política y religiosamente al nazismo, sino también por el compromiso con la libertad patente en sus escritos más esclarecedores.
Por ejemplo, es imprescindible citar Resistencia y Sumisión (Ediciones Sígueme, Salamanca, 2008), cuya primera edición –póstuma, claro está- data de 1951, gracias al celo de quien sería uno de sus biógrafos, Eberhard Bethge. Supuso una reconstrucción lo más fidedigna posible de su estadía en prisión, previa a su ejecución en la horca que hoy, 9 de abril de 2019, cumple 74 años.
Además de la correspondencia, acosada por la censura nazi y facilitada por amigos oficiales del presidio, se compilaron poemas, oraciones y textos teológicos. Por supuesto, el lector no puede pasar de largo la lectura del documento “Balance en la transición a 1943. Al cabo de diez años” (publicado por la Editorial argentina La Aurora), un profundo y corajudo ensayo sobre el desmadre del milenio nazi que, por fortuna, duraría doce años. La ética cristiana se desborda para restituir la justicia, a la vera de la profecía bíblica y el análisis político-social, en una Europa estragada por la guerra.
Nos comenta Bethge que este título póstumo, pero significativo, se convierte en la película del cautiverio de Bonhoeffer, o edifica –a nuestro entender- un gran poema polifónico en verso y prosa en el que el pastor luterano “combina los aspectos más personales con los mundiales, elaborando así, en una síntesis sensacional, la unidad en un espíritu superior y en un corazón sensible”. La mística incubada en la prisión es cristianismo rebelde y díscolo con el genocidio y la guerra como negocio y expansión territorial esclavizante.
Incluso un libro teológico “puro” como Vida en Comunidad, editado también por Sígueme en 1979, critica los vicios de las jerarquías religiosas y sus “ensoñaciones piadosas” cuando arremeten contra los pecadores más vulnerables y, en consecuencia, entenebrecen el devenir histórico y espiritual de la comunidad cristiana. Reivindica la primacía del amor y el perdón muy por encima de los formalismos religiosos institucionales y, por supuesto, la superioridad moral. Una auténtica vuelta a la experiencia extrema y solidaria del cristianismo de las Catacumbas, significa la asunción de un modo de vida religioso liberador y propiciador del cambio social dentro y fuera de la Iglesia.   
No nos queda duda que Bonhoeffer posee la estatura ética, utopista (la utopía no es una pieza fantástica sino la formulación de un mejor mundo por venir) y comprometida de Martin Luther King, Gandhi, Camilo Torres y Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Todos ellos, al igual que Sandino, Farabundo Martí y el poeta Roque Dalton, integran el martirologio que apuesta por la vida y no por la muerte que entraña la sumisión de las mayorías. Ello no obstante las convicciones religiosas y políticas de cada cual. Las clases dominantes insisten en enfrentar la religión, la política y el arte como modos de vida que se aborrecen. Por el contrario, son evidentes sus vínculos con la liberación de la humanidad y la restitución de un mejor nivel de existencia.
Dietrich Bonhoeffer no se refugió en ninguna cátedra teológica en Nueva York, ciudad en la que también se formó. Apostó por organizar a la gran Iglesia de Cristo que no quería plegarse a la villanía envilecida del totalitarismo de Hitler y Mussolini. A tal punto, se le prohibió en Alemania ejercer el magisterio universitario, la escritura profética-teológica y, peor aún, la conducción de su propia comunidad religiosa.
A setenta y cuatro años de su ejecución y martirologio, sus libros siguen apasionando nuestro corazón cristiano y rebelde. Por tal razón, un grupo de amigos (Ismael Noé, Martín Lara, Quique García Grooscors y este polemista compulsivo) estamos constituyendo el Centro de Estudios Teológicos “Dietrich Bonhoeffer” en Valencia, la de Venezuela. Muy pronto informaremos de nuestras actividades.
En próximas entregas, profundizaremos en la obra de Bonhoeffer como luchador, profeta, teólogo y creador literario.